Mi Déjà Vu

OSCAR NAVARRETE

Nunca imaginé que mis hijos escucharían los alaridos de dolor y violencia que viví en carne propia en la guerra de los años 80. Todavía era un niño cuando el pueblo nicaragüense se libró de una de las dictaduras más sangrientas de la historia de Latinoamérica: la dinastía somocista que reprimió con saña durante más de 45 años. Entonces emergió con el respaldo popular la guerrilla que expulsó al último tirano de la estirpe, Anastasio Somoza Debayle, para que el país se abriera paso al sueño de la Revolución Popular Sandinista.

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Yo era un adolescente, pero recuerdo que la Revolución prometía ser un proyecto de nación que involucraba a todos los sectores del país. Que como en cualquier aspecto de la vida, hubo gente que estuvo a favor y en contra. Estos últimos fueron los que se desvincularon, se aislaron o fueron purgados para formar parte de una resistencia armada, financiada y entrenada por el gobierno de Estados Unidos, mejor conocida como la Contra o contrarrevolución.

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Fue un período histórico en que el mundo se partía en dos. Estados Unidos medía fuerzas con la extinta URSS para tomar la hegemonía política e ideológica de la Tierra, que dio lugar a la llamada Guerra Fría. Los muchachos nicaragüenses creíamos proteger una causa justa que cambiaría para siempre nuestras realidades, y fue entonces que con el pretexto de defender nuestra revolución, los comandantes sandinistas crearon una ley para reclutar combatientes. Servicio Militar Patriótico (SMP) le llamaron, pero en realidad era más obligatorio que patriótico porque la mayoría de jóvenes no quería tomar armas. De pronto nos miramos envueltos en una guerra sangrienta.

Con una cámara a cuestas fui testigo de un conflicto donde murieron miles personas. La mayoría de ellos fueron jóvenes llevados por la fuerza a tomar un fusil en nombre de una revolución. Los que estuvimos en los combates nos tocó aceptar que el naciente Ejército Popular Sandinista (EPS) no tenía la suficiente capacidad humana para ganar una guerra que duraría una década.

 

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Pude ver los rostros de varios de los jóvenes que conformaron los Batallones de Lucha irregular (BLI), Batallones Ligeros Cazadores (BLC), Compañías Permanentes Territoriales (COPETES) y las Tropas Guarda Fronteras (TGF), que llevaban sobre sus espaldas los cimientos de una lucha de años de muertes y dolor en ambos frentes.

 

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Fue en aquella guerra donde nos dimos cuentas que los dirigentes revolucionarios comenzaron a vivir como burgueses y los dirigentes de la contra vivían haciendo “lobby” en Estados Unidos, mientras en las montañas del norte del país los ¨Cachorros¨ y ¨Contras¨, toda una generación de jóvenes, morían por decenas en los campos de batallas.

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La cruenta guerra acabaría con las elecciones que ganaría Violeta Barrios de Chamorro. Por primera vez en la historia de este país un conflicto armado fue finiquitado en las urnas y con ello nacería una democracia. Daniel Ortega, presidente de Nicaragua desde 1984 y derrotado en aquellas elecciones presidenciales de 1990, al perder el poder sentenció que gobernaría desde abajo. Y lo cumplió. Después de más de 16 años en la oposición, regresó a la silla de la presidencia a base de chantajes políticos, asonadas y presión a los políticos corruptos.

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En el año 2006 Ortega ganó las elecciones presidenciales. Desde ahí se sabía que preparaba su perpetuidad en el poder. Fue después de 11 años y tres meses de estar gobernando que ocurrió el estallido social de abril. Jóvenes autoconvocados, movimiento sociales y población en general se sumaron a las protestas.

Nicaragua entró en una guerra desigual: muchachos con morteros y banderas se enfrentaron a policías y paramilitares con armas de guerra. Sin medir consecuencias, masacraron a toda una nación. Dentro de los asesinados hubo niños, mujeres y ancianos. Jóvenes en su mayoría.

Para mí fue vivir una especie de Déjà Vu. Escuché otra vez el vívido rugir de los fusiles y las postales sangrientas de la guerra de los ochenta.

Nicaragua sufre nuevamente. Se desangra por la ambición de poder y corrupción que se venía gestando desde hace más de una década. El pueblo descompresionó todas sus frustraciones y sometimientos aquel 18 de Abril de 2018, que se escucha lejano porque el país no volvió a ser el mismo. Muchos han sufrido por primera vez el temor y el miedo, o han tenido sentimientos encontrados como el pánico, la ira o la adrenalina. Todas estas sensaciones volvieron a revivir en mí, porque estoy seguro de que ya lo había vivido.

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DISEÑO: RICARDO ARCE
PRODUCCIÓN: NÉSTOR ARCE
CURADURÍA FOTOGRÁFICA: CARLOS HERRERA

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